Mitos, leyendas y verdades del volcán Masaya

La morada de Satanás, los hechizos de una bruja, dos ríos de fuego, el proyecto de unos alemanes y un atractivo turístico. El volcán Masaya ha sido protagonista de todo tipo de historias. Revista Domingo y Jaime Incer le presentan las más sorprendentes.

Por Jaime Incer Barquero y Fabrice Le Lous

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Antes de inmortalizarse como el conquistador de Nicaragua, Francisco Hernández de Córdoba tuvo el privilegio de ser el primero en describir un volcán del Nuevo Mundo en letras castellanas. Cumplida su misión de valorar las costas de Panamá hasta Nicoya, el teniente se adentró con 200 hombres a su cargo en las tierras del norte, exploradas anteriormente por Gil González, y conoció lo que parecía la morada del mismísimo Satanás. De noche, con su nube de gas encendida en rojo, el volcán Masaya sugería que el infierno se encontraba en Nicaragua.

En el año 1524 escribió el explorador: “En esta provincia de Masaya sale una boca de fuego muy grande que jamás deja de arder y de noche parece que toca el cielo del grande fuego que es y se ven 15 leguas como de día”. El texto iba dirigido a su jefe, Pedro Arias Dávila, gobernador de Castilla de Oro, hoy Panamá. Fue el primer volcán descrito en español en América.

La presencia del lago de lava burbujeante al fondo del cráter del Masaya (actual cráter Nindirí) hizo especular a muchos. Un fraile llamado Francisco de Bobadilla, convencido de que en Masaya estaba “La Boca del Infierno”, trató de exorcizar el espectáculo ígneo instalando una cruz en la cima del cráter, pero no funcionó. Poco después, sin embargo, al fray dominico Blas del Castillo se le ocurrió que a lo mejor no era un pedazo de infierno lo que contemplaban, sino una fuente de riquezas.

En 1538 el fray Blas del Castillo descendió al fondo del ardiente cráter tentado por la idea de que aquella mácula incandescente era oro puro derretido. El capitán de la Conquista, Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, recogió la aventura en sus crónicas (disponibles en la biblioteca virtual de Enrique Bolaños):

“Dijo el padre que ninguno de los que allí han subido saben decir ni afirmar qué cosa es aquello que ven en aquel profundo; porque unos dicen que es oro, otros que es plata y otros que es cobre. Otros dicen que es hierro, otros piedra, azufre, agua y otros dicen que es el infierno o el respiradero del mal”.

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Blas del Castillo bajó tres veces acompañado por osados segundos, no sin mucho metraje de resistentes cuerdas que empujaban decenas de indígenas. Pero al cabo de su travesía, el padre notó lo que hoy es obviedad: esa masa de luz rojiza que se agita como mar en tormenta es indomable. Y no era ni por cerca un bien que ellos pudiesen tomar y repartir a pobres, como él propuso.

Hoy, no es el cráter Nindirí el que posee una boca de magma efervescente, sino el Santiago, pero el fenómeno similar no deja de maravillar a propios y extraños. La revista National Geographic, de hecho, está filmando un documental sobre la atracción turística y en 2011 History Channel hizo lo mismo y lo presentó como lo pensaban antaño: una “puerta al infierno” del mundo.

Estos son mitos, leyendas e historias reales del volcán Masaya que pocos conocen, pero que lo han estampado en los anales de Nicaragua como ningún otro volcán.

LA MISTERIOSA BRUJA VOLCÁNICA

La próxima vez que visite la montaña tenga presente este dato: en el cráter del Masaya hubo sacrificios humanos. Siglos atrás, niños y jóvenes fueron arrojados al magma incandescente en el nombre de días mejores. La lava consumió sus cuerpos y ahogó sus gritos en segundos.

La mejor descripción del coloso masayense es la del cronista de la Corona española, Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, quien ascendió al volcán en 1529. El aventurero observó la feroz marea de lava en el fondo del cráter y presentó el primer dibujo de la montaña, el cual remitió al rey de la península ibérica, Carlos I.

Oviedo y Valdés fue guiado en Masaya por nadie menos que Nacatime, el cacique de Nindirí. Él le contó la creencia y temor de los indígenas por una deidad profética que emergía de las entrañas del fuego según le viniera en gana y pronosticaba asuntos de importancia a los caciques que tuvieran el valor (o el miedo) de reunirse dentro del cráter. La hechicera les decía, según la crónica, la agenda secreta del volcán: cuándo estaban planeadas las erupciones y los movimientos telúricos y se sabía también el cronograma del clima, pues exponía las sequías y otros fenómenos naturales.

A veces, revela la crónica de Oviedo y Valdés, la bruja del fuego aparecía hecha un torbellino de furia y la única forma de apaciguarla era lanzando a infantes y jóvenes mujeres a la lava.

 La bruja, mencionada como una especie de diosa, fue descrita así, en el español de la época:

“Bien vieja era é arrugada, é las tetas hasta el ombligo, y el cabello poço alçado háçia arriba, é los dientes luengos é agudos, como perro, é la color más oscura é negra que los indios, é los ojos hundidos y ençendidos”; y en fin él la pintaba en sus palabras como debe ser el diablo. “Y esse mesmo debia ella ser, é si este deçia verdad, no se puede negar su comunicaçion de los indios é del diablo”.

La identifican hoy como la Chalchihuehe de la mitología náhuatl, diosa del agua y de la lluvia, pero los españoles no querían saber de brujas meteorológicas. Para ellos era el demonio, a secas, y les sirvió como pretexto para continuar la cristianización forzada de ese pedacito de América. Además, al parecer, los indios también pintaban imágenes que corroboraban el horror de los europeos.

“Según pinturas”, señalan los escritos de Oviedo y Valdés, “los indios suelen pintar al diablo, que es tan feo y lleno de colas, cuernos, bocas y otros rostros, como nuestros pintores lo suelen hacer a los pies del arcángel San Miguel o del apóstol San Bartolomé. Sospecho que le deben de haber visto y que se les debe mostrar de forma semejante. Y así lo ponen en sus oratorios o casas y templos”.

En su última aparición se dice que la raída bruja amenazó a los caciques de que no volverían a verla en sus monéxicos o reuniones de consulta, mientras no expulsasen de sus territorios a los invasores cristianos, lo cual, sabemos, nunca ocurrió.

El fenómeno de la pitonisa de senos flácidos y caídos, poderes mágicos y comportamiento volátil sirvió entonces como herramienta de adoctrinamiento, pues el catolicismo ofrecía una válvula de escape al horror que ella representaba, pero la cercanía de Oviedo y Valdés con el cacique Nacatime también arrojó interesantes datos sobre el volcán. Supo el cronista, por ejemplo, que el cráter vecino (hoy llamado San Fernando), contuvo lava en tiempos muy pasados, antes que la actividad volcánica se mudara al cráter Nindirí.

Analizando las evidencias históricas puede decirse que este fenómeno migra a lo largo del tiempo. En 1670 el cráter Nindirí se colmó de lava y quedó ocluido. La fuerte actividad de 1772 fue por un costado del cono San Fernando y posteriormente, en 1853, la actividad se registró en el cráter Santiago y allí permanece hasta hoy.

LA MAYOR ERUPCIÓN DEL VOLCÁN MASAYA

Todo comenzó en la mañana del 16 de marzo de 1772. La ladera norte del volcán se había puesto tan caliente que el ganado que pastaba en ella desertó del terreno. Instinto sabio, porque de pronto hubo un fuerte temblor en las entrañas del volcán Masaya y en esa parte de la montaña se abrió una grieta que dio paso a un extenso vómito de lava. La masa ardiente fluyó y se bifurcó. Por un lado alcanzó la Laguna de Masaya y por otro, atravesó el camino real y continuó avanzando por los siguientes días en dirección al Lago de Managua, deteniéndose en el sitio llamado El Portillo (cerca de lo que conocemos hoy como Sabana Grande).

La erupción duró nueve días y alarmó a las poblaciones vecinas de Nindirí y Masaya. La gente huyó despavorida hacia Granada desde el primer momento. El éxodo fue tal que las familias abandonaron sus hogares sin siquiera cerrar las puertas, así que el gobernador de Masaya mandó a cerrarlas, porque sabía que quedarían vacías por un tiempo.

Pese a la alarma, un puñado de devotos se quedaron en los pueblos y sacaron en procesión penitencial su imagen religiosa más “potente” y la llevaron al borde de la laguna vecina al volcán. Un informe de esos días señala lo siguiente:

“El volcán Masaya reventó en el año 1772 (martes 16 de marzo) a las 9:00 de la mañana, oyéndose un retumbo que asustó a toda la población. Como a las 10:00 hubo un temblor y a las 11:00 de ese mismo día reventó, viéndose salir llamas de fuego que se dirigían para (hacia) esta población. El diácono Don Pedro Castrillo entró en la parroquia, acompañado de muchachos, tomó del sepulcro la imagen de la Asunción y se dirigió al bajadero de San Juan rezando las letanías de la Virgen; llegó a la orilla del agua, hirviendo por el fuego sobre esta como si fuera manteca, formando borbotones. Cuando presentó la imagen un viento recio desvió la corriente de fuego para el lado norte y él se fue por la orilla hasta llegar al bajadero de San Jerónimo y volviendo a soplar el viento, el fuego se fue como para Nindirí, en cuyo lugar tenían al Señor de los Milagros en la orilla de la playa y vieron retroceder el fuego por donde hizo la erupción”.

En la actualidad es posible observar el agreste campo negro de la lava petrificada —Piedra Quemada, la llaman los locales— que sale de un costado del cerro y se extiende hacia el norte, hasta el borde de la gran caldera que circunscribe al complejo volcánico. La vegetación raquítica que medra sobre esos campos rocosos no ha logrado enmascarar la textura áspera del campo de lava.

Gracias al acto religioso o no, el volcán estuvo tranquilo hasta 1853, cuando repentinamente en la plaza que separa el Nindirí del San Fernando surgió un nuevo vórtice no mayor de 60 metros de diámetro: el actual cráter Santiago, que nació entonces emitiendo lava ardiente y salpicante. La lava de esta nueva erupción se derramó hacia el sur y es la causante de los túneles de lava, entre ellos el llamado Tzinancostoc (la cueva de murciélagos), muy visitado por los turistas. En las décadas siguientes el Santiago experimentó repetidas emisiones al mismo tiempo que se hundía en su chimenea y agrandaba su diámetro. Hoy se estima que de la boca del cráter hasta el lago de lava hay unos 400 metros de profundidad.

CÓMO TAPAR UN VOLCÁN

En 1927, a dos ingenieros alemanes que laboraban en Nicaragua se les ocurrió una brillante idea. Respondían a los apellidos Schomberg y Schanferberg y propusieron al poder ejecutivo extraer e industrializar los gases liberados por el cráter Santiago (anhídrido sulfuroso y ácido clorhídrico, principalmente). El proyecto fue aceptado por el gobierno del entonces presidente Adolfo Díaz, quien buscó financiamiento rápido porque los gases del volcán, llevados por el viento, estaban secando las plantaciones de café en la arista de El Crucero y el llano de Pacaya.

El proyecto consistió en instalar un gran embudo de hierro alquitranado al intercráter para extraer los gases y conducirlos mediante largas tuberías a una planta que esperaban inaugurar fuera del cráter.

Como ciertos gases se colaban por los lados del embudo, decidieron los industriosos teutones dinamitar una pared del cráter circundante para que el derrumbe terminase de sellar los escapes. Para su infortunio, la explosión desplomó el intracráter y se tragó toda la parafernalia de los inversionistas.

La idea no era del todo mala, teniendo en cuenta que los conocimientos en Vulcanología no eran los de hoy, pero su fracaso era inevitable de todas formas, pues el Masaya es un ente vivo.

El lago de lava reapareció en 1946 y estuvo activo por 13 años. En 1965 la lava surgió nuevamente y era tan abundante que rellenó todo el fondo del cráter principal, amenazando con otro derrame ardiente a los pueblos vecinos, pero poco a poco se fue extinguiendo y hundiéndose en su conducto, hasta casi desaparecer en la década de los ochenta.

Todo parece indicar que el surgimiento de la lava obedece a un ciclo de 20 o 30 años, según lo intuyó el vulcanólogo Alexander McBirney. El ciclo parece confirmado con el reciente surgimiento del lago de lava en el fondo del Santiago, a comienzos de 2016, que todavía persiste y es causa de admiración de todos los que lo han observarlo, especialmente en horas de la noche. Cuando la luna domina el cielo, la imagen del volcán se viste en realidad como la “boca del infierno”, tal cual escribieron los españoles.